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viernes, 15 de diciembre de 2006 |
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Cada generación suele tener su tirano, el arquetipo del mal sin fisuras. Para quienes despertamos a la política a principios de los años setenta, Pinochet se convirtió en el dictador por antonomasia. Su imagen tenía algo de caricatura, de villano diseñado por Valle-Inclán: un esperpento de tremenda consideración. El general Augusto usaba capa draculesca y lentes oscuros que le nublaban la conciencia. Además, hablaba con la voz aguda y la mala pronunciación de quienes torturan el lenguaje antes de torturar a sus congéneres. |
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